Martes, 11 Diciembre 2018 | Login

Tiempo de comunicación entre padres e hijos

Cesar Fernández García. Educador y escritor

Como tutor académico, la mayor parte de mi trabajo se centra en charlar, conversar con los alumnos. Estoy completamente convencido de que la ayuda que yo les pueda brindar se debe basar en el auténtico diálogo que favorece el conocimiento. Si ignoro sus peculiaridades, sus intereses, sus modos de aprendizaje, sus talentos, me resultará imposible asesorarle con eficacia.

 

A menudo, en las horas en que también atiendo a los padres, estos me reconocen que existe una falta de entendimiento con sus hijos. Y también reconocen que esta deficiencia repercute en la eficacia con que pueden ayudarlos en los estudios. Por supuesto, los padres alegan que la culpa no es suya. Es de los adolescentes, porque levantan todavía más barreras a las que ya de por sí se derivan de las circunstancias tan distintas que rodean a mayores y jóvenes.

Aprovecho esas confidencias de los padres para animarles a ver que esas barreras no son insalvables. Incluso son apasionantes retos, si tenemos en cuenta las siguientes sugerencias.

1º) – Mi hijo no quiere saber nada de mí. Además, rechaza mis sabios consejos. No pone interés en escucharme – suelen decir muchos padres.

Ya. Pero, ¿y si cambiamos el planteamiento? El correcto enfoque exige empezar comprendiendo bien a nuestros hijos. Si no hay comprensión, no seremos capaces de diagnosticar con acierto y, mucho menos, aconsejar eficazmente.

En muchas conversaciones con los hijos, enseguida los padres sueltan una ristra de consejos. Sermonean incluso antes de conocer qué les preocupa o por qué actúan de esa forma:

– Lo que pasa es que eres un vago y no quieres trabajar. Pues te advierto de que, como continúes así, vas a acabar muy mal. Y nosotros no vamos  a seguir consintiendo que suspendas tantas asignaturas sin motivo alguno.

Ante este tipo de discursos, debemos tener en cuenta que las causas de cómo se comporta un adolescente han de ser conocidas antes de poder diagnosticar y aconsejar. Y para ello, necesitamos que nos abra su intimidad, que nos cuente con libertad lo que le inquieta.
Así pues, la base está en que los padres procuren en primer lugar entender a su hijo. Ponerse en sus zapatos. ¿Significa esto que le demos la razón? No, en absoluto. Es más, ni siquiera el chico lo pretende. En el fondo sabe que necesita de nuestro consejo y de nuestra experiencia. Entiende que necesita mejorar su realidad a partir de nuestras directrices. Pero, claro, para eso es necesario que tenga confianza en nosotros y haya percibido que hemos hecho un esfuerzo de empatía.

2º) Todos nos movemos tanto por motivos racionales, como por motivos emocionales. El ser humano abarca ambas realidades. Nuestros hijos no son una excepción. Incluso en la adolescencia el valor sentimental adquiere a menudo más importancia todavía que el meramente cerebral. Con una adecuada actitud de escucha, conseguiremos no sólo comprender lo que piensa, sino también entender lo que está sintiendo.

Por supuesto que es un reto complicado para los padres. Pero, al mismo tiempo, es un desafío apasionante y enriquecedor para todas las partes. Si ponemos de nuestra parte, será más fácil que nuestros hijos pongan de la suya. Es la ley universal. Dar para recibir. Escuchar para ser escuchados. Comprender para ser comprendidos. Confiar para que confíen en nosotros.

Además, no olvidemos que la escucha activa es la mayor caricia psicológica que se puede regalar a cualquiera.

3º) Esta dinámica de la escucha activa e inteligente implica que los padres deben aprender a callar. Sí, a callar. Algunas veces para no interrumpir las confidencias que surgen en sus desahogos. Y siempre para no sacar esa información del ámbito íntimo y para no difundirla entre terceros. Consideremos que nuestros hijos jamás juzgarán que sus pensamientos, inquietudes sean de tan poca importancia. Para nosotros tendrán la misma relevancia que para ellos.

La comunicación eficaz requiere de momentos para hablar y de momentos para callar.

¿Cómo distinguirlos? El sentido común y la prudencia nos ayudarán a distinguirlos. Como regla general, nos puede servir el recordar que tenemos dos orejas frente a una sola boca. Para escuchar el doble que hablamos.

4º) La confianza ha de ser la piedra angular de la relación entre padres e hijos. De ahí que la curiosidad mezquina no puede formar parte de la escucha de los padres. Tampoco el deseo de dominar la situación y mostrar una superioridad avasalladora.

Como padres, seremos más dignos de que nuestros hijos nos desvelen sus inquietudes  cuanto esa relación es recíproca. Por eso, conviene que también tengamos confidencias con ellos. Lejos de considerarles seres incapaces de atisbar el problemático mundo de los mayores, les haremos partícipes de nuestras congojas. Incluso aunque corramos el riesgo de que no comprendan la totalidad de nuestra confidencia. Ya de por sí es bastante valioso el hecho de mostrar una actitud de reconocimiento a su opinión.

Creeremos en ellos aunque nos fallen. De forma magistral nos lo dijo Goethe:  “Trata a un hombre tal como es, y seguirá siendo lo que es; trátalo como puede y debe ser, y se convertirá en lo que puede y debe ser”. César Fernández García. Escritor y educador

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