Martes, 11 Diciembre 2018 | Login

Opinión. El adolescente: lo que a los padres nos interesa conocer

Cesar Fernández García. Escritor y educador

Su educación en valores se verá reforzada, si crecen sabiéndose queridos y queriendo a los demás. Para lo primero, resultará imprescindible nuestra compañía. Para lo segundo, nuestro ejemplo.

Cuando nuestro hijo comienza la ESO, se encuentra en un momento crucial de su proceso madurativo. Está transformándose en todos los ámbitos: físico, emocional, cognitivo, social…

Los cambios que experimenta el adolescente van posibilitando el avance hacia la independencia, tanto de pensamiento como de acción. Como padres debemos atender a esta realidad porque, en esa dirección, dirigiremos nuestras estrategias de educación en valores. Esa independencia a la que nuestro hijo se dirige será nuestra aliada para ayudarle a que él mismo se configure un proyecto de vida valioso, con el que pueda comprometerse libremente y llevarlo a cabo.

Tengamos en cuenta que el adolescente no sólo goza de un incremento en la capacidad mental. También experimenta un importante cambio cualitativo, como sostienen los expertos en educación. Hasta los dos años de edad se ha manejado básicamente con operaciones mentales sensomotoras. El periodo de operaciones pre-concretas alcanza los siete años. Las concretas serán las propias de su raciocinio hasta los once años. Pero, cuando llegan a la adolescencia, nuestro hijo empieza a manejar las operaciones formales. ¿Y qué tiene esto que ver con nuestra posible forma de hacerle pensar? Pues mucho. Ya no es el niño de antes. Ahora requiere que se le desafíe intelectualmente apoyándonos en tres características básicas de su nueva forma de descodificar el mundo.

En primer lugar, las cosas ya no son porque sí o porque no. Ni porque me lo ha dicho mi profesor o mi madre. La clave está ahora en que les planteamos problemas morales que han de resolver ellos solos, atendiendo a la naturaleza de los hechos, a las ventajas e inconvenientes de las distintas soluciones a problemas dados. Si ellos analizan las realidades, valoran pros y contras y toman sus propias decisiones, entonces serán sujetos activos de un aprendizaje significativo que les ayudará a madurar, tanto en el plano humano como intelectual.

En segundo lugar,  su mente puede ser un fructífero territorio para la imaginación. Cada problema puede adquirir el carácter de reto. El cerebro será ejercitado en el manejo de hipótesis que pudieran dar respuesta a cuestiones vitales. La lógica y el pensamiento divergente y creativo se dan la mano para hallar soluciones, que pueden ir desde los inevitables desencuentros con amigos o profesores hasta el planteamiento del sentido de la vida y de la muerte.

En tercer lugar, animémosles a extraer conclusiones de lo que le sucede en su día a día en la escuela, en la relación con sus iguales. Así, casi inevitablemente, empezará a manejar esos conceptos abstractos que le servirán para construir su propia visión global y su propia identidad personal.

¿Y cuánta mayor madurez intelectual habrá mayor madurez moral? Los expertos en educación apuntan a que la madurez intelectual equivale, de alguna forma, a madurez moral. Aun no siendo verdad del todo tal equivalencia, parece evidente que, mejorando el intelecto, mejoramos su actitud moral. A veces sin conocimiento, no puede haber respuesta ética.

Demos un paso más con Antonio Marina, como defiende en su libro El laberinto sentimental: la inteligencia no es sólo del conocimiento, sino que precisa de la afectividad. Y es ese un campo en el que los padres somos elementos necesarios para ayudar a los adolescentes a crecer.

Su educación en valores se verá reforzada, si crecen sabiéndose queridos y queriendo a los demás. Para lo primero, resultará imprescindible nuestra compañía. Para lo segundo, nuestro ejemplo.

 

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