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Lunes, 28 Septiembre 2015 00:00

Envidia y sindrome de Solomon

Entre las diferentes causas que rigen y dirigen la conducta humana, la opinión de los demás congéneres tiene una fuerza y peso fundamental.

La envidia y el síndrome de Solomon son dos caras de la misma moneda, por un lado la frustración ante el éxito ajeno y por otro el esfuerzo por evitar críticas y ocultar así nuestro propio éxito.

El ser humano es social por naturaleza, y es de esperar que su necesidad por pertenecer a un grupo, por ser apoyado y arropado por el grupo, por recibir cariño y aprobación, le lleve a modular su conducta para encajar en el grupo. ¿Pero hasta qué punto somos libres de decidir? ¿Cuándo dejamos de ser y nos boicoteamos a nosotros mismos por encajar en el grupo? ¿Qué nos lleva a envidiar el éxito ajeno?

La envidia

Empecemos por comprender la envidia. La envidia es una sensación que aparece ante el éxito de los demás. Es una sensación compleja en la que mezclan diversas emociones: rabia, enfado, tristeza,… La envidia es frustración que nos entristece, que nos hace enfadar y experimentar rabia.

La envidia se produce al observar el éxito en los demás. Ese éxito nos devuelve una imagen de lo que no tenemos y nos gustaría tener. El éxito ajeno recuerda el propio fracaso, lo hace más real y palpable. La frustración experimentada en ese momento, es la base de la envidia. Aceptar la propia frustración y reconocer el propio fracaso duele y es más fácil, en estos casos, criticar al otro, enfocar el enfado hacía aquél que consigue lo que se anhela.

El Síndrome de Solomon, es la otra cara de esta realidad. El temor a destacar, a salir de la norma y ser criticados (como consecuencia de la envidia), hace que nos boicoteemos a nosotros mismos y cambiemos nuestras ideas, que nos ocultemos incluso de nosotros mismos para no destacar y de este modo lograr encajar en el grupo.

El Síndrome de Solomon fue descrito por el psicólogo americano Solomon Asch. En 1951 el equipo de Solomon realizó un experimento en un centro de secundaria. Pidieron voluntarios para una supuesta prueba de visión, que en realidad era un estudio de la conducta humana, en concreto de la influencia del grupo en la opinión de un sujeto. En esta prueba se les presentaban a los participantes 4 líneas de diferentes longitudes, dos de ellas median exactamente lo mismo. A continuación los participantes debían decir cuales eran iguales. Antes de comenzar con la prueba, el equipo de Solomon daba instrucciones a todos, menos a uno de ellos. Se les indico que debían dar una respuesta errónea. El objetivo era observar las respuestas del único que no había recibido instrucciones. Éste, era también el último en responder.

 
Consecuencias
 
Publicado en Enfocados en educar

Por Laura Peraita en ABC

Las mujeres, sobre todo aquellas que trabajan y llevan en su mochila los problemas laborales del día, reconocen que viven la vida a mil por hora, que no les da tiempo a llegar a todo. Los hombres también se quejan de que las horas del reloj pasan demasiado rápido, lo que aumenta su sensación de estrés. Lo peor de estas situaciones es que muchas veces, cuando llega el momento de entrar en casa y disfrutar de los hijos, aún quedan muchas cosas por hacer: los deberes, los baños, la lavadora, la cena... Seguro que la historia les suena.

Los expertos en relaciones familiares apuntan que cada vez reciben en consulta más preguntas sobre cómo ganar en paciencia porque los padres y madres en vez de disfrutar de sus hijos, pierden los nervios si los pequeños no son obedientes y no les ponen las cosas fáciles para tener una mayor tranquilidad en el hogar.

La paciencia, entendida como la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse (tal y como enuncia el DRAE) es un tesoro que muchos padres desearían poseer.

Cristina García, pedagoga, educadora y autora de la Guía «El método de la paciencia con hijos» de EduKame.com, explica que se puede ganar en paciencia si entendemos, en primer lugar, que nuestros hijos o hijas son pequeños. Esta especialista también recomienda tener en cuenta los siguientes diez puntos:

1. Hacen cosas de niños. No son personas adultas y, por tanto, hacen cosas de niños como no obedecer a la primera, querer tocar lo todo, cuestionar la autoridad de los padres, querer jugar sin parar para comer o dormir, decidir qué abrigo ponerse aunque sea verano, etc.

2.Necesitan nuestra atención. A cualquier hora del día (si es de noche se pierde más la paciencia) y en cualquier lugar: en la calle, en casa, en la bañera, mientras yo hablo por teléfono o cocino, etc.

3. Sus necesidades son diferentes a las nuestras. Mientras yo necesito descansar de un día agotador, mi hijo necesita la atención de su madre y padre: ya sea jugando o preguntando, con mimos o con regañinas, si todo lo demás falla.

4.Merecen respeto. Tratarles mediante ejercicios de sumisión (cachetes, humillaciones, castigos y gritos) hace que se sientan inferiores ahora y en el futuro.

5. No tienen prisa. Ni en comer, ni en vestirse, ni en caminar, ni para llegar a ningún sitio, ni en crecer. La prisa es de los adultos. ¡Prisa para todo; hasta para amar! Cuánta más prisa, menos paciencia.

6. No necesitan hacer muchas cosas. Ellos simplemente necesitan hacerlas y a su ritmo. En cambio los adultos, sí. Cuánto más cosas por hacer, más estrés y menos paciencia.

7. ¿Necesitan hacerlas bien? No es cosas de niños hacer las cosas bien. Sí es cosa de padres exigir o esperar que las hagan bien: obedezcan a la primera, ordenen, jueguen sin alboroto, comprendan a los hermanos, se lo coman todo, se duchen sin protestar, hagan bien sus deberes, etc.

8.Solicitan nuestro tiempo. Los hijos necesitan de nuestro tiempo y dedicación, pero cuando no lo tenemos en cuenta, nos hace perder la paciencia.

9. Requieren amor incondicional. La paternidad es amor incondicional, que seguro practicas cuando tu hijo te sonríe con esa carita tan linda. También es la misma carita linda de quien te hace perder la paciencia y gritarle o exigirle.

10. Les necesitamos. Nosotros necesitamos también a nuestros hijos. Abrir nuestro corazón, jugar, cantar, danzar sin por ello perder nuestra parte de adulto responsable que se vuelve más flexible, amoroso y sin exigencias.

Publicado en Enfocados en educar

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